Darío no se pudo levantar de la cama en doce días completos. Lupe, su recién descubierta prima, se recupero un poco mas pronto que él de los golpes, y a manera de no sentirse como una carga para las Hijas de la Corona de Espinas, las ayudaba en lo que podía. Fue así como Darío la conoció como era, aquella muchacha de 19 años a la que se había topado por casualidad, creía el, aquel día en la central de autobuses.
Las maneras de Lupe eran delicadas, y en ellas Darío creyó ver una vida en la que no había sido necesario mucho trabajo físico. Recibía llamadas de atención continuamente, porque era algo torpe trapeando y su forma de barrer era demasiado tosca. Pero jamás contestaba, y las malas caras se las guardaba para platicar con Darío, siempre tratando de no preocuparlo ni de ponerlo a pensar demasiado en la misión auto impuesta que tenían por delante.
La caja… las dos semanas que estuvo Darío tendido en cama, no dejaba de pensar en su madre, ni en todo el caos que se había suscitado sobre el como un mar revuelto, todo a raíz de esa caja que el jamás había visto. “Es como si me hubiera llevado el remolino del Mago de Oz”, se decía, “pero en vez de aplastar a la bruja, la casa me cayo a mi encima”. A su mente, por las noches, volvía una y otra vez el mismo sueño de sangre y balas y mucho dolor, que podía recordar siempre con claridad durante una media hora y luego se desvanecía para dejar solo la imagen de esa caja sostenida por una imaginaria mano de mujer, y dudaba mucho para contarle eso a Lupe, porque ella se había hecho tan atenta con el que le daba dolor preocuparla. Y el sentimiento era reciproco.
Ella también sufría mucho, moría de miedo, pero a diferencia de Darío, sus noches eran su única fuga a un lugar mas tranquilo, donde podía soñar con su madre abrazándola y enseñándole a cantar, llevándola de visita a edificios coloniales en varias ciudades del país, para que se enamorara de ellos tanto como su madre misma. Y por los días, todos esos sueños se cristalizaban en duda y horror en su mente, en preguntas que no tenían respuesta, en posibilidades, y a fin de cuentas en mas dudas. Darío le preguntaba constantemente acerca de aquel mapa que ella le enseño, tímida, dibujado en una servilleta. Por supuesto, Lupe no le confeso su procedencia verdadera, y siempre le dio vueltas al asunto. Sufría mucho recordando que su madre misma había supervisado como la marcaban cuando tenia unos 6 años, y rogaba a Dios que le arrancara ese recuerdo de la mente. “Es por tu bien y el mío”, era la única explicación que le dio, y jamás se tocaba el tema sin que recibiera una mirada fría y una actitud cortante.
La noche en que se preparaban para partir, Darío y Lupe salieron por vez primera a dar un paseo alrededor del convento. Hasta ese día, supusieron que estaban cerca de Morelia, y se dieron cuenta cuando salieron que el pueblo que albergaba al convento estaba a unas dos o tres horas de la ciudad, viajando siempre por caminos rurales. Un camión, como aquel donde había iniciado toda esa aventura, los llevaría al día siguiente a su destino. Ambos estaban nerviosos, e intercambiaron pocas palabras. Caminaron entre las casitas y llegaron hasta el otro lado del convento, donde se abría la puerta de la capilla. Era domingo, y algunas personas salían de misa. Se sentaron en una pileta al cobijo de un durazno, y estuvieron largo rato callados. “¿En las catedrales hay algo así como un santo patrono?”. Darío estaba pensativo, y su voz sonaba monótona. “Si, creo que en todas”. “¿Y cual es el patrono de la catedral de Morelia?”. Lupe se estremeció un poco, y le hechó la culpa al fresco de la noche. “No se… creo que el Divino Salvador. Al menos así se llama, la Catedral del Divino Salvador de Morelia”. Darío cambio entonces de tema, y cuando regresaron al convento, la mujer cubierta de chal que los había estado escuchando los siguió de lejos, caminando trabajosamente.
Habían abordado el camión desde las 9 de la mañana, y ya daban las 10 y el camión seguía sin moverse. Eso era típico, le explicaba Darío a Lupe, de las rutas rurales. Cuando al fin dejaron el pueblo, Lupe le enseño a Darío una medalla del Divino Rostro que le habían dado en el convento. “Dicen las madres que es milagroso. Yo creo que necesitamos toda la ayuda que consigamos. Digo… seguro nos están esperando, ¿no? Fue ahí donde mataron a aquel señor… Y por algo es que ahí nos acorralaron. Seguro creían que íbamos ya por la caja…” “Si Lupe… y ahora que si vamos por ella, hay que tener mucho cuidado. Aunque si nos quisieran matar ya nos hubieran matado, ¿no?” Darío interrumpió su frase para darle una mordida a su torta de chorizo. “Oye Lupe”, le dijo a la muchacha, con la boca aun llena de comida, “Quería contarte algo, un sueño que he tenido desde la explosión aquella. Pero en el convento me daba miedo, como que las monjas nunca nos dejaban solos. Se les figuraba que te iba a violar yo creo”. Golpe de Lupe, y Darío tira su jugo. “Eso me pasa por pendejo… Bueno, en ese sueño, lo que mas hay es sangre… y es que… veo un cuarto en el que estuve, un cuarto bañado de sangre. Era un hotelito donde me estaba quedando. Y un día que llegue, la puerta estaba abierta. No alcance a ver mucho, la cama revuelta, un charco de sangre en el suelo, y oí a alguien como que lloraba.” Darío dudó, y Lupe se dio cuenta de que omitía algo. “Luego me dieron un madrazo, y cuando desperté estaba metido en un closet, todo lleno de sangre que no era mía, y afuera en el cuarto no había mas que sangre. Ni cadáver, ni armas, ni alguien mas. En mi sueño, esa visión se convierte luego en la sangre del federal ese, en mi cara y luego hecha un río. Y luego la caja. Nunca he visto la puta caja, y la sueño.” Una mordida mas a la torta, y Darío guardo silencio.
Lupe ya no hablo mas. Intuía que lo que Darío había omitido tenía que ver con su madre. ¿Estaría muerta? Unas lágrimas corrieron por sus mejillas, y se forzó a dormir el resto del trayecto.
Cuatro horas más tarde, Lupe y Darío caminaban a la sombra de los torreones de la catedral. Era lunes, y había muy poca gente. Entraron despacio, y Lupe se volvió a sentir como cuando niña, sobrecogida por la religiosa majestuosidad de la enorme nave. “¿Qué buscamos?”, pregunto nerviosa. “Una caja”. Otro golpe a Darío. “Ya, pérate. 812, en una catedral según el mapa. Lo he pensado todos estos días, y no se me ocurre mas que contar lozas.” “¿Y donde empezamos?” “Pues… ¿aquel de allá es el Divino Salvador?” “No, es el Señor de la Sacristía” “Pues ahí…”
Se entretuvieron contando lozas una media hora, y al llegar al 812 por tercera vez, ya se daban por vencidos. “Aquí no hay nada. ¿Dónde mas buscamos?” La voz que respondió no era la de Darío. No era ni siquiera la de un hombre. Y al oírla, Lupe sintió como si le pegaran en la nuca. “Intenten alrededor del órgano.” La mujer vestía un chal negro, y se veía enferma. Respiraba con trabajo, y se sostenía el fino tejido alrededor de la cabeza con una mano, mientras que en la otra llevaba un libro de oraciones. Lupe sollozo un apenas inteligible “mamá” antes de desvanecerse, justo antes de ver que la mujer era encañonada discretamente por un hombre que llevaba cabestrillo. Darío sintió que todo daba vueltas, y halado por otro tipo llegó al piso superior, frente al antiguo órgano ornamentado. Se arrodilló a contar lozas, a entretenerse mientras pensaba en un plan para escapar, pero al ver que Lupe y su madre (su tía, pensó) estaban custodiadas por esos matones, se sintió perdido. Mecánicamente siguió tanteando el suelo, hasta que una patada en la pierna lo hizo reaccionar. “Esa, mocoso. Esa sonó hueca”. De haber puesto empeño, Darío hubiera localizado la piedra con facilidad, porque estaba gastada de las orillas y le habían puesto un candelero encima intencionalmente. Pesaroso, Darío levantó la piedra. Sabía que teniendo la caja, lo iban a matar. Y a Lupe, y a su tía. Y todo por su culpa.
Bajo la loza, Darío encontró un pequeño alajero de madera, tallado con gracia pero sencillo. Uso su llavecita para abrirlo, y el alma se le partió. La caja estaba completamente vacía; hasta el forro le habían arrancado para poder tallarle en el delgado fondo una sola palabra. “Esperanza”, se leía.